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Lola Flores

Trayectoria

Rosario Ruiz Rodríguez (1901), originaria de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) y Pedro Flores (1897), de Palma del Condado (Huelva), los padres de Lola, se conocieron un verano en el restaurante del hotel Los Lagares (Cádiz) donde él trabajaba como camarero y que era propiedad de los tíos de Rosario. Allí vivía y trabajaba su hermana mayor, Amalia, a quien Rosario iba a ayudar los tres meses de más trabajo del año.

Pedro y Rosario se casaron en la iglesia de San Marcos, de Jerez de la Frontera, el 19 de abril de 1922. Tras la boda, el matrimonio trabajó en La Fe de Pedro Flores, el segundo bar que regentaba el padre en Jerez. La familia tenía una vivienda sobre el negocio, y allí fue donde nació Lola.

 “Si sería grande mi padre, a pesar de ser tan pequeño, que en cuanto le fue posible puso con mi madre un bar, chiquitito y lustroso, con buenas tapas y buen fino, en la calle del Sol de Jerez de la Frontera, y por si fuera poco, le puso un nombre que era un símbolo: La Fe de Pedro Flores.”

 “Nací en Jerez, que es tierra de gitanos inmensos, yo diría que de los mejores, y en un barrio de gente buena y gitana, por más señas.  Vine al mundo un veintiuno de enero. Les ajusto más, para que echen sus cuentas: el veintiuno de enero de 1928.”

La artista contaba una anécdota del día en que nació; por pura casualidad, un acordeonista entró en el bar de sus padres y comenzó a tocar la Marcha Real justo en el mismo momento en que doña Rosario daba a luz.

“Mi padre, que no le gustaba mucho estar en el mismo sitio mucho tiempo, vendió aquel bar de la calle Sol de Jerez. Ahora nos fuimos a otro, en la misma calle, eso sí, que se llamaría Los Leones. Mi primer colegio fue ése. El bar Los Leones de la calle del Sol, la taberna donde servía vino y amistad mi padre. A ese sitio venían a bailar y a cantar los mejores gitanos de Jerez. Y ahí estaba yo, viéndolo todo, en el paraíso, participando”.

De este modo, la pequeña Lola comienza desde muy niña a entrar en contacto con el cante y el baile y la alegría de la música popular andaluza.

Y son estos comienzos en un barrio de mayoría gitana en los que Lola confiesa que se le “pega” tanto el canto, el baile y la forma de ser de los gitanos que la harán parecer gitana.

“No soy gitana, aunque la verdad, de la buena, es que no sabría decirlo del todo. Porque en el tuétano me siento gitana medular, gitana total, gitana de los pies a la cabeza. Sin embargo, tengo sólo una cuarta parte de sangre gitana, que la tengo, corriendo, surcando mis venas.  O sea, soy gitana de un cuarterón, aunque tengo los ramalazos, las intuiciones, los prontos, las querencias, los sobresaltos, las lunas y los soles,… Porque la gitana era mi madre, y no del todo, sino hija de gitano vendedor de aceite por más señas.  Pero me da lo mismo. Me siento gitana de la raíz del pelo a la uña del pie.”

Mientras, Pedro Flores seguía luchando y trabajando para sacar a su familia adelante. Sin embargo, este segundo negocio no le fue bien y decidieron vender el bar y trasladarse a Sevilla, donde alquilaron en la calle Sierpes un tablao que, al principio, hizo también las veces de casa.

Como a la jerezana nunca le gustó mucho estudiar, siempre que podía se arrancaba a cantar y a bailar fandangos, bulerías o a imitar a las cantantes de la época en lugar de dedicarse a los libros.

Era evidente que se estaba creando el germen de la que sería la mejor y más original y genuina artista de España. Y que ella sola, y ya desde muy niña, se fue fraguando ese carácter que luego la diferenciaría del resto de cantantes de su generación hasta hacerla inimitable.

“Alguna vez he dicho que hambre, lo que se dice hambre, eso de no masticar algún día, no lo he sentido nunca. Pan con aceite era suficiente. Y ganas de vivir y de pelear, y en la noche del tablao, cuando todos los niños del mundo dormían, servidora estaba ahí, a través de la puerta, aprendiendo, y en cuanto podía, ante el asombro de los míos, bailando, cantando, haciendo las dos cosas al mismo tiempo, como Dios quería; pero a mi aire, que era el aire, ya, de Lola Flores.”

La verdad es que, en los años veinte y treinta, Lola tenía todo cuanto una niña española podía desear, pese a las complicaciones de la época en que vivía.

Al poco tiempo de estar viviendo en Sevilla, Doña Rosario, que había perdido las esperanzas de tener más hijos, supo que estaba embarazada de nuevo.

Con el nacimiento de Manolo, el hermano de Lola, la sacan del colegio para que cuide de él, convirtiéndose  no sólo en su hermana mayor sino también en su niñera.

También en esa época tiene Lola los primeros contactos con las clases de cante y baile, que, como es bien conocido, tiene que dejar, aunque no por voluntad propia. Las palabras que la maestra le dijera a doña Rosario, pueden parecernos una profecía: Señora –le dijo a la madre de Lola- la niña tiene su estilo propio, canta y baila sin necesidad de seguir unas enseñanzas”. Y Lola dejó de asistir a clases, pero siguió con su cante y su baile.

Empieza entonces la guerra civil española, y con ella llegan otra vez las preocupaciones económicas para la familia Flores Ruiz. Así, en pleno conflicto bélico, deciden regresar a Jerez de la Frontera y probar suerte de nuevo. Abrieron sus padres el bar El Pavo Real y se construyeron una casa en la calle Sánchez Vizcaíno.

Una vez instalados en Jerez, doña Rosario se da cuenta de que vuelve a estar embarazada y con esta noticia la alegría llega de nuevo a la casa. Antes de que finalice la guerra civil nacerá Carmen Flores, el 18 de agosto de 1936. Era la tercera y la última de los hermanos Flores Ruiz.

A Lola le sigue corriendo por las venas lo que en su familia ya llaman “la fiebre del arte”, y baila y canta para todo aquel que la quiere ver o escuchar. En su perseverancia por actuar, consigue que, apenas cumplidos 13 años, ya empiece a ser conocida en los ambientes artísticos jerezanos como bailaora. Ya en aquel entonces, podemos leer en Ayer, un periódico de la época: “Casi una niña, Lolita Flores nos trajo a la memoria artistas ya consumadas… Tiene gracia, donaire, desenvoltura y entusiasmo…”

Por aquel entonces, Nicolás Sánchez, su maestro de aquellos años y gran admirador de Pastora Imperio, decide ponerle el nombre artístico de Imperio de Jerez.

Cuando Lola tenía 16 años, llega para actuar al teatro Villamarta de Jerez la compañía de Custodia Romero, La Venus de Bronce, con el espectáculo Luces de España. Con ella cantaba Manolo Caracol, de quien Lola era una gran admiradora y por eso quería que el maestro la viera bailar. Acompañada de su madre que para la ocasión le había cosido una bata blanca y roja de lunares, se presentó Lola en el teatro donde actuaba el maestro, dispuesta a demostrar su arte. Y allí y a petición del maestro, Lola cantó Bautizá con manzanilla de Pastora Imperio con ligeras variaciones a la letra que había hecho ella misma junto a su maestro Nicolás Sánchez para hacérsela más suya. La interpretación de la canción resultó todo un éxito y Lola se metió al público en el bolsillo.

Después de eso decidió ir a Sevilla, para estudiar unos meses en casa de Realito. Poco antes de regresar a Jerez, hace Lola sus primeras actuaciones por los pueblos de la zona dentro del espectáculo Luces de España, junto a Rafael Ortega y Custodia Romero, como bailaores, y Melchor de Marchena, como guitarrista.

En una de las representaciones estaba presenciando su actuación el productor Mignoni quién está buscando una actriz para trabajar en su película Martingala (1939) e inmediatamente tiene la idea de darle el segundo papel como gitanilla. En el filme, Lola interpretaba a una joven gitana recién casada. Mignoni, consciente de sus posibilidades, la hizo cantar en la película. Para interpretar el papel, madre e hija tiene que desplazarse a Madrid, donde se rodaba la película.

Los primeros meses de estancia en Madrid fueron difíciles para la familia Flores Ruiz. Habían dejado atrás todo cuanto tenían y debían empezar de nuevo desde cero.

Como en plena posguerra española todo escaseaba y los trabajos que podía encontrar el padre de Lola no era precisamente de lo mejor, ella contribuía a la economía familiar con los pocos duros que conseguía de sus actuaciones en los cafés teatro en los que la llamaban. En esa época fue muy importante la ayuda desinteresada que recibió del prestigioso compositor Manuel Quiroga. “Entonces me ayudó mucho el maestro Quiroga. Me llevó a su academia, me dio clases de música sin llevarme nada, muchas veces hasta dándome dinero para ayudar en mi casa. Y no sólo se portó muy bien conmigo, me presentó también a muchos empresarios del sector, entre ellos a Carcellé, quien por primera vez en su vida se equivocó conmigo, porque dijo que yo no valía y me sacó de su compañía para meter a otra,…”

Para Lola fue, sin embargo, una época laboralmente muy difícil. Porque aunque ya empezaba a conocérsela, con eso no estaba todo el camino andado, y no cejó en su empeño, recorriendo todo Madrid con un álbum de fotos suyas bajo  el brazo para mostrar a las productoras. Como el triunfo no llegaba, Lola se sentía muy culpable de la mala situación económica familiar que estaban atravesando los suyos por apoyarla en su carrera.

Estaba estudiando Lola con el maestro Monreal cuando tuvo la oportunidad de grabar su primer disco: Pescaero, pescaero (1941), hecho que contribuyó a que la llamaran para formar parte de algunos espectáculos. Recorrió entonces toda Andalucía. Hidalgo, que era su empresario de entonces, de regreso de la gira andaluza le planteó una especie de ultimátum profesional “O te vas de telonera a los cafés del norte a cantar, y tienes que hacerlo tres veces al día, o te vas al sur a los cabarets, a alternar en Andalucía”. Lola no tuvo duda y se fue a recorrer toda la geografía norteña de España trabajando diariamente en tres funciones.

La contratan para actuar durante seis meses en el Café Arrieta de Gijón, y allí empezará a popularizar El lerele, a cuya letra añade algunas aportaciones y modificaciones como sólo Lola Flores podía hacer y que la caracterizaron siempre. Tras la interpretación del tema la crítica empezó a decir de ella las primeras alabanzas: “Lola Flores, la sin par belleza gitana, creadora de El Lerele y sucesora de Pastora Imperio” Se apuntaba ya el inicio de un triunfo que sería imparable.

De nuevo en Madrid, la contratan en el teatro Fontalba durante tres meses, donde actúa como telonera interpretando de nuevo El Lerele que una vez más se convierte en la pieza estrella. En el estreno del espectáculo del Fontalba, la ve el realizador cinematográfico José Torremocha, quien la contrata para el rodaje del filme “Un alto en el camino” (1941). En el cartel de la película aparecía su nombre, pero era tan largo que acortaron lo de Imperio de Jerez, para dejar simplemente Lola Flores.

Después interviene como protagonista en la película Alegrías (1943) dirigida por Jesús Rey. Una vez concluido el rodaje Lola sigue con el cante y el baile allá donde la llaman hasta que la contratan para el espectáculo “Cabalgata” de Quintero, León y Quiroga y que supuso para Lola Flores un antes y un después en su vida artística.

Así, poco a poco, Lola va siendo conocida y empieza a labrarse un futuro artístico y claramente prometedor.

En el año 1943 y del brazo del conocido anticuario Adolfo Arenaza, quien se convirtió en su protector, le pide que le financie su primer espectáculo para el que quiere contar con la participación de Manolo Caracol. “Yo fui la que pedí que me contrataran a Manolo Caracol, sin saber aunque tenía un raro presentimiento, que aquel hombre sería más tarde el viento del este que sacudiría mi vida de la forma más terrible, porque aquel artista genial sería el protagonista del capítulo más apasionante y tormentoso de toda mi historia, el hombre, en fin, que había de cambiar mi vida”.

El espectáculo que encumbraría la pareja artística Lola-Caracol, se tituló “Zambra”, y con el cual se recorrieron los mejores teatros del país. La Zambra que la pareja interpretaba no fue un solo espectáculo, sino que fueron cinco. Con cada uno de ellos y en cada una de las cinco temporadas que estuvo en cartel se modificaba el repertorio en función de las circunstancias y del público. Junto a canciones como La niña de fuego, quedaron en la memoria de todos para siempre Simpatía, La luz del alba, Dolores la Petenera, María Gabriela y sobre todas ellas, La Salvaora, canción que iniciaba el espectáculo. La mayoría de estas composiciones procedían de los autores Quintero, León y Quiroga.

Durante los años que duró esa asociación formaron una pareja con gran prestigio y fama. Uno era el complemente ideal del otro. Por eso triunfaron con La niña de fuego, porque mientras Lola se movía con su conocida furia sobre el escenario, Caracol la jaleaba con su voz en una declaración de principios eróticos, en constante seducción. Para llevar a cabo aquel juego resultó imprescindible la exultante juventud de Lola, frente a la madurez de Manolo Caracol.

Aprovechando el tirón que tenía la pareja decidieron extender su fama también al séptimo arte. Juntos interpretan pequeños papeles en Jack el Negro (1950), y protagonizaron Embrujo (1947) y La niña de la venta (1951). En Embrujo su director, Carlos Serrano de Osma, intentó hacer una apuesta por un cine experimental e intelectual poco valorado en aquel entonces y no le salió todo lo bien que esperaba. No fue así en La niña de la venta (1951), dirigida por Ramón Torrado, película en la que Lola consiguió aumentar una popularidad de que ya gozaba. Poco después del estreno de la película en España, la presentarían en el Festival de Cine de Venecia. Ésa fue la primera vez en que Lola “españoleó” en el extranjero junto a Paquita Rico y Cesáreo González.

Por aquella época empiezan a airearse peleas en la pareja, tempestades sentimentales que estallaban dado el temperamento de los dos artistas. Sin embargo Lola lo admiró desde que lo conoció y el sentimiento se mantuvo a lo largo de toda su vida.

Continúan trabajando juntos y estrenan en 1950 el espectáculo La maravilla errante. Y en 1951, poco antes de separarse, presentan Cante y pasión. Tras las representaciones del espectáculo, se cuenta que el publico, al finalizar la actuación, se ponía en pie y les pedía a gritos: ¡No os separeís!. Pero los siete años de trabajo compartido estaban a punto de finalizar.

Poco a poco, Lola se va dando cuenta de que no podía limitarse a estar junto a Manolo Caracol, ni personal ni profesionalmente. Además, no puede seguir con su dependencia de un hombre que tan pronto la hacía feliz como desgraciada, por no hablar de que la unión, en realidad perjudicaba su carrera como artista. Por otra parte, en el terreno persona nunca iba a llegar  más allá de donde estaban ya que Manolo era un hombre casado y con hijos y en aquellos años los matrimonios no se separaban. Decide así dar por finalizado el dúo artístico-sentimental y firma un importantísimo contrato con Cesáreo Gónzalez, en aquel entonces el productor más poderoso de España que hace una apuesta profesional de seis millones de pesetas por ella; la mayor oferta que hasta ese momento se había hecho en el panorama artístico y cinematográfico español. Eligieron el museo de bebidas-bar Chicote para firmar un contrato que casi se había convertido en un asunto nacional y convocaron allí a toda la prensa. En el contrato se incluían varias cláusulas, como la de que no sólo cobraría la artista jerezana por su trabajo, sino que los gastos de su hermana Carmen también correrían de cuenta del empresario así como los gastos de Faíco, el bailaor, Paco Aguilera, el tocaor de guitarra, y Manolo Matos, el pianista. De los pasajes del resto de la familia Flores Ruiz se hizo cargo Lola. Así se fue a América toda la familia.

En el contrato, además de las condiciones económicas, también se establecían unas drásticas condiciones laborales en las que se incluían diversas giras musicales por toda América, además del rodaje de varias películas, que al fin y al cabo, serían una de las plataformas en las que se apoyaría la promoción de la artista jerezana.

El 23 de abril de 1952 toda la familia partió rumbo a México, donde los recibieron con mariachis. Lola tuvo que vestirse de faralaes para no defraudar las expectativas que ya estaban creadas en América. De México fueron a La Habana, Río de Janeiro, Buenos Aires, Nueva York… En aquel entonces, 1953, la contratan para actuar en una televisión estadounidense pagándole la nada despreciable cifra de 10.000 pesetas de la época. También de aquella época procede la anécdota de una crítica que apareció en el diario neoyorquino The New York Times en la que se leía: “Lola Flores, una artista española, no canta ni baila, pero no se la pierdan”.

En América, además de rodar una larga serie de películas, actuó en varias salas de fiestas, en teatros, e incluso en emisoras de televisión. Fueron unos años de mucho trabajo, en México rodó un total de once películas: Pena penita pena (1953), Reportaje (1953), Los tres amores de Lola (1955), Limosna de amores (1955), La Faraona (1956), El gran espectáculo (1957), Sueños de oro (1957), Maricruz (1957), Échame la culpa (1958), María de la O (1958), La gitana y el charro (1963), De color moreno (1963).

En México fue donde Cacho Peralta bautizó a Lola Flores con uno de los sobrenombres con los que más se la identificaría a lo largo de toda su carrera; La Faraona, a raíz del rodaje de la película de este título junto a Agustín Lara, era el año 1954. Fue un apodo que ya nunca más se separaría de ella, por más que la artista prefiriese, como no podía ser de otra manera, que la llamaran Lola, la Lola de España.

De vuelta en la Península, el primer espectáculo en el que apareció La Faraona ya en solitario y como artista indiscutible de la canción española lo escribieron para ella el trío de moda Quintero, León y Quiroga y se tituló Copla y Bandera (1954). Al elenco de artistas se sumaron su hermana pequeña Carmen Flores y uno de los guitarristas mäs conocidos de Madrid en aquella época, Antonio Gónzalez “El Pescailla”, a quien Lola había visto ya tocar cuando formaba pareja con Manolo Caracol y ya entonces se había fijado en su arte.

El espectáculo se estrenó en el teatro Calderón de Madrid con un gran éxito. Ya en la primera actuación, tras cantar el pasodoble La Lola ya está a tu vera, el público se puso en pie y prorrumpió en una larga ovación. Era el regreso triunfal a su tierra de una artista que la dejó siendo conocida y volvía famosa y alabada en toda América Latina.

Ese mismo año, la artista también interpreta la película La hermana alegría (1954) dirigida por Luis Lucia.

La verdad es que en aquellos años Lola iba y venía con sus espectáculos por todo el mundo, y sin duda acabó siendo la embajadora de España en muchos países donde no llegaba la cultura española.

Tras pasar tres meses en México rodando unas películas, regresa de nuevo a España para montar un espectáculo que representaría en París. Para esta nueva representación necesita, además de a Faíco, a otro guitarrista que los acompañe y llama a Antonio González. En ese espectáculo parisino Lola cantó una versión abolerada de Angelitos negros, que fue todo un éxito. De París regresaron de nuevo a España y la compañía debutó con el espectáculo en Sevilla en el teatro de San Fernando. Fue en este viaje cuando se empezó a producir un cambio en el corazón de La Faraona, conforme pasaban los días pensaba más en El Pescailla que en su novio Coque.

Para Lola quedó claro, desde un principio, tanto el valor musical de Antonio como el que tenía como ser humano. Sin embargo, no fue tan rápida la conquista y el enamoramiento como pueda parecer a simple vista.  Antonio González comentó en una entrevista tras una actuación de la época en Sevilla, en el teatro San Fernando: “Me daba cuenta de que Lola estaba cambiada, yo creo que se le estaba pasando el amor de su novio; yo la veía como buscando emociones nuevas; estaba nerviosa, más femenina, con más ganas de enamorar y volver loco a cualquiera. Yo notaba que de nuevo se fijaba en mí. En el teatro, entre bastidores o en escena, sus ojos buscaban mi mirada”.

Poco tardaron, tras los galanteos iniciales, en verse a solas e iniciar una relación que, a pesar de sus comienzos complicados, duraría como un lazo eterno hasta la muerte de la artista. “Ésa es una historia llena, rotunda, feliz, en la que hubo de todo, pero antes que nada, alegría, y un amor muy grande”, comentaría sobre su historia de amor con el Pescailla la propia Lola.

Había empezado poco a poco a fraguarse una relación sólida que si bien para Lola no revestía más dificultad que la de dejar a su novio Coque, en el caso de El Pescaílla, que ya tenía una hija en Barcelona con Dolores y venía de camino otro hijo de la bailarina Carmelita Santos, tenía muchas complicaciones.

En el año 1957, fueron Lola y Antonio a San Sebastián de la mano de Cesáreo González para participar en el festival de cine de la ciudad. Después, pasaron juntos todas las vacaciones de verano y aparecieron, juntos también, en el festival de Venecia haciendo de este modo oficial su relación.

La noche de la inauguración del Festival de Venecia Lola apareció en la fiesta inmensa, majestuosa, ante todo el mundo: el cabello negro tirante con moño, un traje largo de punto y joyas de perla. Aquella noche estaba todo el mundo en el evento: Cesáreo González, Paquita Rico, Orson Welles, Gene Tierney… Un viaje inolvidable para la pareja, y una noche en la terraza del hotel Lido veneciano que acabará siendo decisiva en la vida de los dos, pues allí Lola le plantea a Antonio la posibilidad de casarse.

De Venecia viajaron a Roma, donde siguieron disfrutando de Italia y donde Lola se entera de que está embarazada de dos meses.  En ese momento Lola fue la mujer más feliz del mundo: quería casarse con Antonio y deseaba con toda su alma tener ese hijo. Regresaron a Madrid y se dispusieron a iniciar los preparativos matrimoniales.

El 26 de octubre de 1957 hacia las diez de la noche ya estaba todo preparado para la celebración, y Lola, Antonio y sus familiares y amigos más allegados se fueron hacia El Escorial, pues, aunque la boda era al día siguiente, a las seis de la mañana, querían que transcurriese sin problemas. Los padrinos de la boda fueron Cesáreo González y Paquita Rico. De aquel día Lola recordará siempre la imagen que se quedó grabada en su retina del gitano catalán acercándose a ella por el pasillo de la iglesia de El Escorial.

Luego, hacia las doce de la mañana, Lola y Paquita Rico se arreglaron y se pusieron de nuevo las mantillas dispuestas a recibir a los invitados al festejo. Poco a poco fueron llegando los invitados al salón del hotel Felipe II y se dispusieron a celebrar el enlace por todo lo alto. Fiesta en la que no faltó la guitarra del mismo Pescaílla y cómo no podría de ser de otro modo, Lola se arrancó con la canción Grítenme piedras del campo, una ranchera escrita por Cuco Sánchez, en la que El Pescaílla la acompañó a la guitarra.

Se hubieran quedado de cante y baile toda la noche para celebrar el enlace, pero tenían que acostarse ya que al día siguiente tenían que presentarse a la diez de la mañana para continuar con el rodaje de María de la O.

La finalización del rodaje de la película coincidió con el quinto mes de embarazo de Lola. Su trabajo en Maria de la O fue uno de los más felices que realizaron juntos, y con ello se demostraba que se consolidaba una unión que se había iniciado en el escenario y que acababa en un enlace matrimonial.

Concluido el rodaje de la película presentaron en el Calderón el espectáculo Luna y guitarra (1958), que supuso la presentación como guitarrista y marido de Lola de Antonio González al público de Lola. Acabada la gira del espectáculo, deciden ir a Sevilla para poder descansar y estar más tranquilos y esperar la llegada de su primer hijo y tras unos meses de descanso y acercándose la fecha del parto, regresan a Madrid. El dia 6 de mayo de 1958, Lola da luz a una niña que llamaran igual que la madre, Dolores, aunque para el mundo será conocida por Lolita.

El bautizo de la primogénita de los Flores no podía pasar inadvertido. Los padrinos fueron Paquita Rico  y Cesáreo González y la ceremonia se celebró en la iglesia de la Concepción, en la madrileña calle Goya. La fiesta que tuvo lugar después fue por todo lo alto, duró dos días y a ella acudió una granada representación del mundo artístico nacional e internacional, desde la actriz Ava Gardner hasta Antonio el bailarín, pasando por una nutrida representación de la sociedad española de la época.

Sin embargo, la vida continuaba y la pareja debían seguir con su trabajo. Primero lo hicieron en España donde Lola rodó por segunda vez en su vida una película junto a Antonio González, Venta de Vargas, que se estrenó en el año 1958.

Al año siguiente le ofrecieron al matrimonio la posibilidad de actuar con su espectáculo en el Olympia de París.

En 1960 y de la mano de nuevo de Quintero, León y Quiroga, Lola y el Pescaílla presentan el espectáculo La copla morena, con el cual recorren con gran éxito toda la Península. Lola seguía en lo más alto de la ola del triunfo, estaba imparable.

En 1961, y aprovechando el tirón mediático que soponían en aquel entonces tres de las artistas que estaban más de moda, Lola Flores, Carmen Sevilla y Paquita Rico fueron contratadas para rodar una película en la que las tres, a su modo, iban a ser protagonistas: El balcón de la luna, que se estrenó en 1962. El filme no funcionó como se esperaba en España, pero sí en América, en Brasil estuvo más de seis meses en los cines de estreno en Río de Janeiro

De nuevo, en 1961, los contrataron para llevar un espectáculo a América, donde cosecharon grandes éxitos allá donde actuaban, ya fuera Argentina, Colombia, Venezuela, Chile.. Los países iban pasando y con ellos, los triunfos en todas y cada una de las actuaciones y en las películas en que intervenían.  Años después, en una entrevista, El Pescaílla recordó con orgullo el éxito que tuvo Lola con aquel espectáculo: “El éxito en el teatro Avenida no se puede contar, se tiene que haber vivido. El público en pie recibió a Lola y antes de empezar su actuación la aplaudieron durante más de cinco minutos. Yo he visto como estaba la circulación parada en la calle; cómo la gente perdía los zapatos por ver a Lola y, desde luego, allí he leído las mejores críticas que le han escrito…”

El 14 de noviembre de 1961 llegó al mundo un ser muy especial, y lo era no sólo por nacer del vientre de Lola Flores, sino también por la enorme sensibilidad como músico y compositor-poeta que desarrollaría con los años. “Hasta llorando parece que canta –dirá Lola un día en una entrevista- le veo con una voz tremenda, como poeta y como músico, y siento que tiene una enorme personalidad.. Solamente me da miedo que sea tan honesto, tan real, tan verdadero, tan puro, como de otro mundo”.

Meses después, empieza a notarse que en España está bajando el tirón que supone un espectáculo con folclóricas. A pesar de ello, Lola será la encargada de actuar para Televisión Española en el espectáculo benéfico de Navidad, grabado en Barcelona.

En 1962, Lola recibe uno de los premios de los que siempre estará más orgullosa, el Lazo de Dama de Honor de la Orden de Isabel La Católica. Le impuso el galardón José Ruiz Solís, ministro del Movimiento. Así, con este lazo Lola Flores se convertía en Muy Ilustrísima señora.

 

Poco después del nacimiento de Antonio, los González Flores fueron a México a presentar un espectáculo. Era la primera vez que el niño salía de España, ya que se llevaron a los hijos, según era lo habitual, con ellos.  De México se trasladaron a Los Angeles, y de ahí, regresaron a México de nuevo, donde iban a rodar una coproducción hispano-mexicana dirigida por Gilberto Martínez Solares: La gitana y el charro, que fue la primera toma de contacto cinematográfica de la mayor de los Flores, Lolita. “Con cinco años –cuenta Lolita- ya me asomé al mundo del cine, en una película que rodó mi madre en México, La gitana y el charro”. Lola sintió durante el rodaje que de nuevo estaba embarazada. Rosario estaba empezando a vivir en su vientre.  Ya en España nació la niña. Por entonces residían en la casa de María de Molina que fue el hogar de los flores durante muchísimos años.

La pequeña Rosario nació el 4 de noviembre de 1963, y desde muy niña estuvo destinada a ser una gran artista. No sólo porque le impusieron el nombre de su abuela materna, sino también porque la madrina del bautizo fue Carmen Sevilla y el padrino Antonio el bailarín y porque en su casa siempre se movió en medio del arte.

Poco antes de que nazca Rosario, el matrimonio González Flores firma un contrato millonario con Belter, la gran casa discográfica de la época.  En la nota de prensa que hace pública la empresa dando a conocer esta firma podemos leer: “Lola Flores siempre fue noticia de primera mano para la prensa, pero últimamente ha conseguido superar y batir su propio récord de popularidad”. Enumeran, además, algunas de las actividades que la artista está llevando a cabo en ese momento: “Examen para ingreso en la Sociedad General de Autores, con diálogos sabrosos, de mucha enjundia, interviús y fotos para varias importantes revistas extranjeras, firma de contrato con una importante grabadora de discos y preparación de las primeras grabaciones, fotos para las portadas de sus nuevos discos, e imposición en Torre Bermeja del Garbanzo de Plata, la típica chispeante condecoración que el Club de Prensa de Madrid confiere a las personalidades más destacadas de la vida nacional”. Pero también firmará con Belter Antonio González.

Algo después, sin tomarse mucho tiempo de reposo tras su alumbramiento, Lola estrenará otro espectáculo, de nuevo de la mano de Quintero, León y Quiroga, La guapa de Cádiz.

Poco después, el matrimonio se va de nuevo a América, esta vez para actuar en Nueva York; en esta ocasión dejan a sus tres hijos al cuidado de su tata. Entre en ese momento a vivir con la familia Carmen Mateo, quien también cuidará a los tres hijos del matrimonio y que acabará por ser la amiga, la confidente; en definitiva un miembro más de la familia flores.

Por estos años, en Latinoamérica empieza a recibir premios por su trayectoria musical. En Argentina le dan el Disco de Oro a la mejor Cantante extranjera, y gracias a la película Una señora estupenda (1966), recibe el premio de interpretación del Sindicato Nacional del Espectáculo en España.  Gracias a esta película pudo demostrar, al fin, que era una buena actriz de comedia. Lola siempre soñó con un papel cinematográfico con el que poder demostrar sus cualidades para la dramaturgia, y esta película, dirigida por Eugenio Martín, le ofrecía la posibilidad de interpretar un papel alejado del de folclórica graciosa que le habían asignado hasta entonces.

Durante esa temporada siguió con las películas y en 1968 rodó en Argentina Aventura en Hong Kong. Al año siguiente El taxi de los conflictos y tres años después, en 1972, Casa Flora, película de la que queda un memorable número musical interpretado entre ella y Estrellita Castro a través del teléfono.

Siguió a esta época una temporada en la que Lola se prodigaba sobre todo en las salas de fiesta y en los tablaos, así como en los platós de televisión y en pequeñas giras, aunque éstas empezaron a disminuir, porque el género ya no estaba tan de moda y cada vez tenía más repercusión la música internacional. Sin embargo, Lola sabe adaptarse perfectamente a los nuevos tiempos con versiones de éxitos internacionales llevados a su propio terreno y aflamencándolos. De esa época datan tres versiones de Capri c’est fini, Cae la nieve, Gwendoline, La nave del olvido o Adoro, la mayoría de ellas son adaptaciones de Antonio González.

Los setenta corren, y Lola empieza a dar muestras de cansancio, que hasta algo más adelante no comenzaron a asociarse con los primeros síntomas de su enfermedad. Así en 1973, se verá obligada a anular su anunciado debut en Tokio, la capital japonesa, porque debe someterse a una pequeña intervención quirúrgica en el pecho. A partir de ese momento, empezaron a surgir rumores de una grave afección que luego acabó por confirmar la propia artista. Sin embargo, La Faraona contaba con su fortaleza física para superar todos los baches que le pusiera la vida, y luchó con ella en la enfermedad a lo largo de más de veinte años.

Así, en 1974, recuperada por completo y con la energía de siempre, estrena el espectáculo Ella, la de ayer, la de hoy, la de siempre, que fue un verdadero éxito.

Después de ese espectáculo llegaron sus actuaciones en televisión, los setenta fueron años de mucho trabajo.

Pero no todo lo que sucede en los años setenta a los González Flores son alegrías y triunfos profesionales. La pena vino de la mano del fallecimiento de Pedro Flores, el padre de Lola, de un cáncer de próstata y tras una larga agonía.

Lola Flores entró en los ochenta con un premio bajo el brazo, el que le otorgó la crítica de Nueva York a la mejor artista extranjera en 1979.

Ese mismo año de 1979, Lola ya estaba en el continente americano trabajando cuando su hermana Carmen Flores y su hija Lolita se reunieron con ella en Nueva York para trabajar en un espectáculo para el que las habían contratado a las tres. Y ése fue el primero de un buen número de conciertos que darían en llamarse El Concierto de Las Flores.

Las tres presentaron su espectáculo en el Madison Square Garden y desde ahí se fueron a Santo Domingo, Miami y Puerto Rico.

En los años años 80 Lola sigue trabajando en todo aquello que le propone, desde galas hasta películas, pasando por los platós de televisión, actuaciones con las que aumentaba, si cabe, la admiración que despertaba en quien la veía trabajar. En el cine, le dan la oportunidad de interpretar papeles con mayor nivel de dramatismo como Truhanes  (1983), de Miguel Hermoso, y Los invitados (1986), de Víctor Barrera. Fueron dos papeles que demostraron que todo cuanto había afirmado acerda de su capacidad para hacer arte dramático no era ni mucho menos exagerado.

En 1984 se pudo admirar de nuevo su vena dramática, en la intervención que realizó en el homenaje que se tributó a Federico García Lorca en el teatro Español de Madrid, donde La Faraona demostró que hasta la fecha no ha habido nadie que recite a Lorca como ella.

En 1985, Lola es objeto de un homenaje de su público español, en el programa Estudio abierto, presentado en aquel momento por José María Iñigo. Al homenaje asistieron, además de todos los miembros de la familia Flores, excepto Lolita convaleciente tras sufrir un aborto, desde Camilo Sesto hasta Paquita Rico, pasando por Vicente Parra, Marujita Díaz y un largo etcétera.

En 1987 comienza los meses más duros para Antonio González y Lola Flores. Hacienda los procesa como presuntos culpables de delito fiscal por no declarar los ingresos obtenidos entre 1982 y 1985. Y el procedimiento se prolongó hasta 1991. Al final, Lola fue condenada por el Tribunal Supremo a un total de dieciséis meses de prisión y al pago de 28 millones de pesetas por el conjunto de los delitos fiscales de que se la acusaba. Sin embargo, al ser cada una de las penas impuestas menor a un año de duración La Faraona no tuvo que cumplir la privación de libertad.

Fueron unos meses muy duros, en los que a Lola, que hasta entonces lo había podido todo, se le juntaron demasiados factores negativos al mismo tiempo; la muerte de su madre, su intervención quirúrgica, la denuncia de Hacienda…

Pero todo este cúmulo de adversidades no la detuvo más que una corta temporada. Además del cante y el baile, Lola se introdujo en el mundo de los medios de comunicación. Así entró en Radio Intercontinental para actuar como periodista-entrevistadora. Y más adelante, se dedicó a pintar y se estrenó como presentadora de televisión, una de las pocas ilusiones profesionales que todavía le faltaban por cumplir.

En 1990, Julio Iglesias organizó un homenaje a Lola flores en Miami, apoyado por el directivo de la CBS, Tomás Muñoz.  La reunión en Miami sirvió para decirle a Lola Flores, todo lo que la querían, valoraban y apreciaban, y lo hicieron no sólo sus amigos, sino una buena muestra del panorama musical, como Celia Cruz, José Luis Rodríguez El Puma, Raphael, José Luis Perales, Rocío Jurado…. Y su familia en pleno, sin una sola ausencia.  De ese espectáculo salió un disco, Homenaje, integrado por nueve canciones y un recitado de un poema de Federico García Lorca.

Poco después, en 1994, en España y de la mano de Antena 3, recibió también un homenaje. El día antes le entregaron la medalla y el diploma del Mérito en el Trabajo. Fue el ministro Griñán el encargado de imponerle a Lola Flores la medalla de oro al Mérito en el Trabajo, en un acto, cómo no, multitudinario. “He llorado mucho, sobre todo cuando tenía que dejar a mis hijos pequeños para irme a trabajar fuera. Mi vida ha sido una lucha constante –dijo La Faraona en el curso de la ceremonia-, pero ha valido la pena porque ahora tengo el cariño de España entera y de América.  Yo he tenido muchos premios, pero sentía cosquillitas por esta medalla, porque quiero a España con toda mi alma y para una artista esta condecoración es la más importante.”

Y Lola no dejó de trabajar. En los noventa, a pesar de que tenía la salud algo quebrada, presentó una exposición de su pintura y condujo un programa de televisión con su estilo propio e inimitable, El tablado de Lola  en Telecinco y al año siguiente en Antena 3, presentó Sabor a Lolas, esta vez junto a su hija Lolita.

También en estas fechas rodó la historia de su vida y su carrera en una serie titulada Coraje de vivir.  Y así hasta llegar a Lola, Lolita, Lola, su último programa, que también presentó junto a Lolita.

Por entonces se publicó en El País, una de las últimas entrevistas que concedió La Faraona: “Yo, como artista, soy como soy y nunca he dicho que sea la mejor, pero como ser humano soy fuerte, soy vital. Estoy más contenta de la Lola ser humano que de la Lola artista… Y me ha gustado mucho saber que a la gente le importa Lola como ser humano. Saber que cuando me escribían cartas y me decían que rezaban por mí, lo hacían a la mujer que está enferma, no a la artista”.

El 16 de mayo de 1995 saltaba la noticia de madrugada: La Faraona había fallecido en su casa de la Moraleja, en El Lerele, acompañada de todos sus seres queridos.

La muerte de Lola Flores, no por esperada, dejó de conmocionar a toda España, que la creía inmortal, porque así nos lo hizo creer ella misma en más de una ocasión. Al día siguiente, en las pantallas de televisión pudimos ver cómo todo Madrid la lloraba.

Desde el mismo instante en que desaparecía Lola de este mundo, la familia pudo comprobar una vez más algo ya sabido: el respeto, el amor y la admiración que La Faraona se había ganado en España, no sólo de su público, sino de toda la sociedad.

Con una mantilla blanca, regalo de Carmen Sevilla, un rosario de plata entre las manos, las uñas de los pies pintadas de rojo carmesí  y descalza, tal como había pedido, Lola Flores, La Faraona, se despedía de los escenarios de la vida y del arte. Las cifras que se barajaron en cuanto al número de personas que desfilaron por la capilla ardiente rondaron las 200.000 personas a lo largo de las 19 horas que estuvo el cuerpo expuesto en el Centro Cultural de la Villa de Madrid.

“Seré eterna. Hay videos en los que podrán verme. Aunque yo muera seguiré viva”. Así lo dijo ella, y así lo siente todo el mundo aún hoy.

A pesar de que Lola Flores, ya desde muy pequeña, tenía predestinado su futuro en el mundo de la música y del baile, la interpretación también forma parte de su gran personalidad artística, tan arrolladora y cautivadora que la llevaron a protagonizar cerca de cuarenta películas. Si bien la mayoría de ellas destinadas con el único fin de explotar la vena folclórica de la artista y dar a conocer su arte, sobre todo en los países de latino América donde pasó gran parte de su vida entre rodaje y rodaje y actuaciones en grandes Teatros.

Su primera oportunidad en el cine surge en el año 1939 en la película de Fernando Mignoni “Martingala” (1939) En ella Lola interpreta a una joven gitana recién casada. Mignoni conocedor de sus posiblidades la hace cantar en la película aquello de: “son pimientos morrones los que tengo en las manos, son pimientos morrones pa asustar a los gitanos.”  Aunque la película no le supone gran relevancia en su carrera, si le sirve a la joven artista para darse a conocer en otros ambientes profesionales que no fueran los tablaos de los pueblos de Andalucía donde solía actuar, y afianzar así su carrera como artista.  Para poder participar en la película, Lola acompañada de su madre se tiene que trasladar momentáneamente a Madrid. Era la primera vez que Lola conocía Madrid lo que le supone a la artista el descubrimiento y la fascinación de una ciudad que la encandila desde el primer momento de poner los pies en ella, y que sería al paso del tiempo su lugar de residencia.

Una vez ya instalada en Madrid y tras varios años de duro trabajo, estando actuando como telonera en el Teatro Fontalba, se fija en ella el realizador cinematográfico José Torremocha, que decide contar con ella para el rodaje del filme “Un alto en el camino” (1941), con un contrato de 13.000 pesetas. En el cartel de la película aparece por primera vez su nombre tal como se le conocería a lo largo de toda su vida, Lola Flores, suprimiendo lo de Imperio de Jerez que era hasta entonces su nombre artístico.

Dos años después, Jesús Rey cuenta con ella para aparecer en su película “Alegrías” (1943), una película característica de la época realizada para la promoción de los artistas que intervienen en ella. Ese mismo año participa también en el filme de Claudio de la Torre “Misterio en la marisma” (1943), una película muy poco conocida que pasa totalmente desapercibida.

En 1944 rueda “Una herencia de París” bajo las órdenes del director Miguel Pereyra.

El éxito y la fama que consiguieron Lola Flores y Manolo Caracol por todos los escenarios de la geografía española con el espectáculo Zambra, y el tirón que tenía la pareja, fue decisivo para extender su fama también al séptimo arte. En “Embrujo” (1947) la primera película que interpretan juntos la pareja de moda de la época, su director Carlos Serrano de Osma intentó hacer una apuesta por un cine experimental e intelectual poco valorado en aquel entonces y no le salió todo lo bien que esperaba.

En 1950 de nuevo la pareja artística Lola-Caracol intervienen en un pequeño papel en Jack el Negro (1950) y en 1951 en  “La Niña de la venta” (1951) del director Ramón Torrado, un melodrama folclórico donde se utilizan todos los tópicos del género: amor, pasión, cante, baile y contrabando. En ella Lola interpreta a una gitana apasionada y Manolo Caracol hace de su padre adoptivo.

Tanto “Embrujo” como “La niña de la venta” fueron muestras evidentes de la simbiosis que existía entre el cantaor y la bailaora, aunque en “La niña de la venta” quedó claro que se empezaba a romper el hechizo como pareja sentimental. Es además en esta última donde aumenta considerablemente la popularidad de que ya gozaba Lola. La película se presentó en el Festival de Cine de Venecia, donde Lola “españoleó” por primera vez en el extranjero junto a Paquita Rico y Cesáreo González.

Tras romper, tanto sentimental como artísticamente, con el cantaor Manolo Caracol, Lola firma un contrato millonario con el productor Cesáreo González, en aquel entonces el productor más poderoso de España, que la llevaría a América, concretamente a México, donde rodaría una serie de películas como plataformas en las que se apoyaría la promoción de la artista jerezana.

La década de los años 50 en América fueron unos años de mucho trabajo, fundamentalmente relacionado con el séptimo arte.  En México, en sus diversos viajes, rodó un total de once películas entre ellas; Pena, penita, pena (1953), Reportaje (1953), Los tres amores de Lola (1955), Limosna de amores (1955), La Faraona (1956), El gran espectáculo (1957), Sueños de oro (1957), Maricruz (1957), Échame la culpa (1958) y María de la O (1958).

A pesar de que las películas, por lo general, eran más bien mediocres y sólo pretendían aprovechar el momento de fama de la artista, en no pocas ocasiones se pudo disfrutar del duende que para el baile tenía la artista de Jerez y que se transmitía a la perfección en la gran pantalla.

Fue precisamente en México donde Cacho Peralta bautizó a Lola Flores con el sobrenombre que más se la identificaría a lo largo de toda su carrera: La Faraona, a raíz del rodaje de la película del mismo título.

En María de la O (1958) comparten por primera vez cartel el recién estrenado matrimonio formado por  Lola Flores y  Antonio Gónzalez el Pescailla,  donde además Lola rueda embarazada de su primera hija Lolita. El matrimonio volverían a trabajar juntos en Venta de Vargas (1958), Échame la culpa (1959), De color Moreno (1963)La gitana y el charro (1963). En ésta última hace su primera aparición en el cine la primogénita del matrimonio, Lolita. También es durante el rodaje de La gitana y el charro (1963) cuando Lola Flores se da cuenta de que está embarazada de su tercer y último hijo.

En España rueda en el año 1962 “El balcón de la luna” (1962) que reúne por primera vez a tres de las folclóricas más populares de la época, Carmen Sevilla, Paquita Rico y Lola Flores. Película rodada principalmente para el lucimiento de las tres artistas y que con el tiempo se ha convertido en todo un mito para los aficionados al cine español. Aunque el filme no funcionó como se esperaba en España, sí se convirtió todo un éxito de taquilla en América, concretamente en Brasil estuvo más de seis meses en las carteleras de los cines de estrenos.

En la década de los años 60, Lola Flores continúa interviniendo en diversas películas rodadas tanto en México como en España destacando “Una señora estupenda” (1966) la primera película donde Lola Flores pudo demostrar sus cualidades para la dramaturgia en un papel alejado del de folclórica graciosa que le habían asignado hasta entonces. Por esta película dirigida por Eugenio Martín, le conceden el premio de interpretación del Sindicato Nacional del Espectáculo en España.

En 1968 rueda en Argentina “Aventura en Hong Kong”(1968) y al año siguiente “El taxi de los conflictos” (1969), donde aparece por primera vez los dos hijos pequeños del matrimonio, Antonio y Rosario, el primero tocando la guitarra y la más pequeña bailando en el número musical “Que me coma el tigre” que interpretan en la película Lola y Antonio.

En 1972 rueda “Casa Flora” de Ramón Fernández, película de la que queda un memorable número musical interpretado entre ella y Estrellita Castro a través del teléfono.

Los años 70 es una de las décadas más difíciles para la artista a nivel personal y también es la década donde Lola se prodiga menos en el cine, dedicándose más a sus espectáculos musicales. Ya en los años 80,  Lola vuelve a tener la oportunidad de demostrar sus cualidades para las comedias dramáticas en las películas “Truhanes (1983) de Miguel Hermoso y Los invitados (1986) de Víctor Barrera. Precisamente en ésta última es donde más claramente se vio y se comprobó que era una buena actriz dramática, demostrando que todo cuanto había afirmado acerca de su capacidad para hacer arte dramático no era ni mucho menos exagerado. Incluso se pudo ver cuando rodó entre las dos películas anteriores “Juana la Loca.. de vez en cuando (1983), a las órdenes de José Ramón Larraz. En el filme dejó que aflorase una vena cómica que según el escritor Terenci Moix, “diríase bendecido por el genio”.

En Sevillanas (1992) de Carlos Saura, Lola hace su última aparición en la pantalla grande. Aunque su aparición se reducía a unos minutos, en ella se concentraba la garra y el instinto de lo genial de la artista, a través de sus giros, sus manos y su cabello, quedando ya para la historia del flamenco dicha actuación de la genial artista.

Su arte fue indiscutible y fue sin duda alguna su  poderosa personalidad y su gran temperamento los que impusieron su figura en el celuloide y se puede incluso decir que a salvar películas y a directores más que mediocres. El hecho de que Lola Flores sobreviviera cinematográficamente a pesar de la escasa calidad de la mayoría de las películas que le ofrecieron a lo largo de más de tres décadas dice mucho en su favor, en realidad, lo dice todo.

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